Este martes, Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia que aún persiste en el mapa, conmemora 500 años de su fundación por los españoles, un momento trascendental que la consagra como el primer puerto de llegada de conquistadores, cuna de culturas indígenas milenarias, último refugio de Simón Bolívar y testigo inmóvil, frente al azul del mar, la imponente Sierra Nevada y el vasto espejo de la ciénaga, de las luchas y transformaciones que han tejido la compleja historia de la Nación.
Édgar Rey, sociólogo, historiador e investigador cultural, resaltó que Santa Marta fue el primer asentamiento en el Nuevo Mundo que cumplió con los requisitos establecidos por la Corona española para fundar una ciudad. En 1524, tras el fracaso de Santa María la Antigua del Darién, la Corona pactó con Rodrigo de Bastidas para fundar una nueva ciudad en tierra firme.
Las condiciones eran claras: «terreno plano, cerca de agua dulce, y la proximidad a lo que hoy conocemos como el río Manzanares». Así nacía la ciudad que, poco a poco, sería testigo de las complejas dinámicas entre colonizadores y pueblos originarios.
Sin embargo, los conquistadores no contaban con la feroz resistencia de los pueblos indígenas, como los Tayrona, Arhuacos, Kogi, Wiwa, Kankuamo, los Chimila en el Magdalena, los Yukpa en Perijá y los Wayuu en La Guajira. Según Rey, entre 1525 y, al menos, un siglo después, los pueblos indígenas ofrecieron una constante resistencia, enfrentándose a los colonizadores con valentía, aunque sin igualar su poder militar. “Muchos perdieron la vida en ese enfrentamiento”, agregó Rey, quien subraya que hubo mucha “sangre derramada” en la playa de Santa Marta.
Francisco Flórez, director del Archivo General de la Nación, desmintió la visión idealizada de la fundación, diciendo que el proceso de colonización no fue un “encuentro idílico”. Flórez explicó que Bastidas, además de fundar la ciudad, buscaba “esclavizar personas y obtener oro para financiar sus expediciones”. A medida que la violencia fue avanzando, las comunidades indígenas se vieron obligadas a ceder sus tierras, especialmente las más fértiles, y enfrentaron imposiciones religiosas y culturales. La llegada de esclavos africanos también cambió la dinámica social de la ciudad, con comunidades que escapaban a la esclavitud fundando los primeros palenques.
Jorge Alberto Cote, periodista e historiador, subrayó que Santa Marta es la “ciudad más antigua de Colombia que sigue de pie”, a diferencia de Santa María la Antigua del Darién, que desapareció pronto. Cote destacó la importancia de Santa Marta como “el epicentro de la colonización” de la región andina y de los valles de los ríos Magdalena y Cauca. Desde allí, partieron muchas de las expediciones que fundaron ciudades como Cartagena y Bogotá.
Rey explicó que Santa Marta se convirtió en la “ciudad puerto más importante de la corona española en América”. Desde 1525, el río Magdalena fue la vía principal para adentrarse al interior del país, buscando el mito de El Dorado. A pesar de las dificultades para acceder a la desembocadura del Magdalena, los colonizadores lograron entrar a la Ciénaga Grande de Santa Marta y desde allí navegar hasta el gran río, iniciando la conquista de lo que hoy es Colombia.
Por ello, Rey señaló que la fundación de Santa Marta no fue un hecho aislado, sino parte de la historia de todo el país. Al celebrar sus 500 años, también se celebran los “500 años del territorio que hoy conocemos como Colombia”. Desde Santa Marta partieron expediciones claves para fundar otras ciudades importantes.
Flórez resaltó la importancia estratégica de Santa Marta, no solo por su ubicación, sino por sus conexiones con el Gran Caribe. Lamentó que Colombia haya ido “dando la espalda a las Antillas”, un territorio clave para el país. Durante la colonia y gran parte de la República, Santa Marta fue un eje central de intercambio de ideas, bienes y cultura con Europa, Estados Unidos y el Caribe, lo que le dio un carácter cosmopolita a la región.
Cote describió Santa Marta como una ciudad única, donde no solo se piensa en el mar, sino también en la Sierra Nevada, “el verdadero referente geográfico de la ciudad”. Aunque es conocida como un “crisol de culturas”, Cote advirtió que esa idea debe tomarse con precaución. Explicó que muchos indígenas se vieron obligados a refugiarse en la Sierra para escapar de la violencia colonial. Las relaciones entre indígenas y colonizadores no solo fueron de enfrentamiento, sino también de mestizaje y alianzas, aunque no exentas de tensiones. Cote destacó que Santa Marta fue una ciudad “realista”, ya que muchos indígenas apoyaron a la Corona durante la independencia.
Flórez mencionó que la Batalla de Ciénaga, librada el 20 de noviembre de 1820, fue un “capítulo clave” en la historia republicana de Colombia. Esta batalla, que ocurrió durante la Reconquista española, fue esencial para la liberación de Santa Marta y precedió a la consolidación de la República en 1821 con la Batalla de San Juan en Cartagena. Flórez destacó la figura de José Padilla, nacido en Camarones (La Guajira, parte de Santa Marta en ese entonces), quien fue fundamental en la victoria en Ciénaga y en el triunfo final en San Juan.
La ciudad también se distingue por haber sido el “último refugio de Bolívar”. Flórez criticó el uso político de la memoria de Bolívar, que a menudo ignora su visión global. Bolívar no solo soñó con la unidad de Colombia, sino con la integración de todo el Caribe. Según Flórez, aún existe la oportunidad de fortalecer los vínculos de Colombia con el Gran Caribe, una visión que Bolívar promovió para la construcción de una Gran Colombia. Además, consideró a Bolívar un “pensador universal”, cuya visión podría permitir a Colombia jugar un papel importante en el contexto global.
Flórez expresó su preocupación por el impacto del turismo en la preservación de la memoria histórica de Santa Marta. Señaló que el Ministerio de las Culturas busca fomentar una “conciencia histórica” entre los habitantes, para que comprendan cómo el pasado puede ayudar a interpretar el presente y proyectar el futuro. En ese sentido, alertó sobre un turismo que se limite a valorar lo monumental sin tener en cuenta a la gente, el verdadero patrimonio de la ciudad.
Destacó la necesidad de ampliar la oferta turística de Santa Marta, pero de manera sostenible. Las comunidades indígenas han señalado que “todo lo que está en la naturaleza cuenta”, por lo que cualquier desarrollo turístico debe respetar la naturaleza y la vida que alberga. Flórez también criticó la tendencia de algunos centros turísticos portuarios, que excluyen a las comunidades locales en lugar de integrarlas.
Cote, al reflexionar sobre el futuro, mencionó la amenaza del calentamiento global y cómo “en 500 años, Santa Marta podría estar bajo el agua”. Sin embargo, subrayó que la historia de Santa Marta no debe ser vista en términos simplistas, como un “crisol de culturas”, sino como una historia llena de tensiones y alianzas. Rey, por su parte, destacó que el país debe “centrar su mirada” en cómo contribuir al futuro de la ciudad, asegurando su conservación y fortaleza como un gran centro urbano.
Finalmente, Flórez resumió que Santa Marta está “dándole forma a su memoria”, debatiéndose entre mantener memorias excluyentes o construir una visión más inclusiva que incorpore las voces de las comunidades afro, indígenas y populares. Para él, la ciudad debe “garantizar la inclusión como forma de proyectarse hacia el futuro”.
Foto y noticia: Colprensa