No existe nada más frustrante que iniciar un proyecto y tropezar, incluso antes de intentarlo, con la sentencia automática: «no se puede». Este «no» anticipado, emitido sin análisis previo ni esfuerzo, es una forma prematura de rendición que anula la creatividad. Cuando esta respuesta se convierte en costumbre, las consecuencias son devastadoras: equipos estáticos, personas que estancan su crecimiento y proyectos brillantes que terminan sepultados en el olvido antes de nacer.

El peligro real del «no se puede» es que paraliza la mentalidad estratégica. Al instalar esta lógica, el individuo deja de buscar rutas alternativas y se refugia en la comodidad de la excusa. Es vital recordar que ningún gran proyecto nace en condiciones perfectas; la historia demuestra que el éxito suele forjarse bajo la adversidad. ¿Qué habría pasado si Michael Jordan aceptara el fracaso tras ser excluido de su equipo escolar, o si Nelson Mandela asumiera que erradicar el apartheid era una utopía inalcanzable?

Para ilustrar esta lucha contra el pesimismo, cabe rescatar una anécdota del director técnico Marcelo Bielsa. El argentino solía llevar consigo la imagen de unos niños africanos jugando billar en una mesa de barro, con bolas de tierra y tacos improvisados con ramas. Su premisa era contundente: todo es posible en la medida de las posibilidades. Esta visión nos enseña que no se trata de esperar a tenerlo todo, sino de tener la audacia de construir con lo que se tiene a mano.

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Es probable que no siempre contemos con el escenario ideal ni con los recursos ilimitados para alcanzar un objetivo. Sin embargo, el avance genuino ocurre cuando decidimos accionar dentro de nuestras capacidades actuales. Muchas veces, ese primer paso con recursos limitados es suficiente para cambiar el marcador y transformar la realidad. Esta filosofía es aplicable al deporte, al entorno laboral y a cualquier sueño que merezca el esfuerzo de ser intentado. Antes de entregar el resultado, hay que jugar el partido.