El ayatolá Ali Jamenei murió este sábado en medio del primer día de masivos ataques aéreos de Estados Unidos e Israel contra Irán, en un contexto de máxima tensión regional tras décadas de intentos diplomáticos fallidos para frenar el programa nuclear iraní.

La muerte del líder religioso y político, de 86 años, marca el fin de casi cuatro décadas en el poder y abre un escenario incierto tanto para la nación islámica como para Medio Oriente. El Gobierno iraní decretó 40 días de luto nacional y siete días festivos, mientras se activa el complejo mecanismo de sucesión.

En entrevista con Al Jazeera, el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, aseguró que el nuevo líder supremo podría ser elegido en “uno o dos días”, lo que refleja la urgencia institucional por garantizar estabilidad política en medio de la crisis.

Como jefe de Estado y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas —incluido el poderoso Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI)—, Jamenei concentraba amplios poderes constitucionales y estratégicos. Su influencia no solo era política y militar, sino también económica, en gran parte gracias al conglomerado paraestatal Setad, bajo su control directo.

Con un valor estimado en decenas de miles de millones de dólares, Setad se expandió significativamente durante su mandato, canalizando recursos hacia sectores estratégicos, incluida la Guardia Revolucionaria.

Aunque en Irán coexisten diversos centros de poder —religiosos, militares y políticos—, el líder supremo tenía la potestad de vetar decisiones clave de política pública y de influir en la selección de candidatos a altos cargos. Su ausencia redefine el equilibrio interno y deja abiertas interrogantes sobre la orientación futura del régimen en un momento de alta volatilidad internacional.