El acoso escolar ya no necesariamente termina cuando un estudiante sale del colegio. El uso de celulares, redes sociales, grupos de mensajería y videojuegos ha ampliado los escenarios en los que pueden ocurrir agresiones entre adolescentes, haciendo que algunas víctimas continúen expuestas incluso cuando están en sus propias casas.
Especialistas en psicología advierten que esta situación puede generar la sensación de no contar con un lugar seguro para alejarse de las agresiones. Cuando los mensajes, fotografías, videos o comentarios continúan llegando a través de una pantalla, la víctima puede sentir que no existe una pausa frente a lo que está viviendo.
La psicóloga Mariola Fernández señala que esa percepción de no tener descanso o refugio puede aumentar el impacto psicológico del acoso. A diferencia de las agresiones que ocurren únicamente dentro del entorno escolar, en el ciberacoso los contenidos pueden circular rápidamente y escapar del control de quien los recibe.
Una fotografía, un video, un comentario o un rumor pueden ser compartidos por distintas personas, mientras la víctima desconoce quién los ha visto, quién los ha reenviado o hasta dónde pueden llegar. Esta incertidumbre puede favorecer sentimientos de ansiedad, vergüenza, aislamiento e indefensión.
Durante la adolescencia, además, la situación puede tener un impacto particular. En esta etapa la identidad y la autoestima todavía se encuentran en construcción y la aceptación por parte del grupo puede adquirir una importancia considerable. Según Isabel Hernández, especialista en psicología, la exposición permanente a este tipo de situaciones puede estar relacionada con problemas de sueño, dificultades para concentrarse, irritabilidad y otros cambios en el comportamiento.
Las señales también pueden aparecer en el uso del celular
Los cambios repentinos en la manera en que un adolescente utiliza su teléfono pueden convertirse en señales de alerta. Entre ellos están dejar de utilizarlo de manera inesperada, revisarlo de forma compulsiva, mostrar ansiedad ante las notificaciones, ocultar la pantalla, borrar cuentas, modificar contraseñas o evitar determinados grupos y compañeros.
A estas conductas pueden sumarse aislamiento, tristeza, irritabilidad, insomnio, abandono de actividades habituales, disminución del rendimiento académico o temor a asistir al colegio.
El aislamiento requiere especial atención, debido a que puede reducir el contacto de la víctima con personas que podrían ayudarla a entender y afrontar la situación. Familiares, amigos, profesores y profesionales pueden convertirse en una red de apoyo para recuperar seguridad y buscar alternativas.
Las especialistas también recomiendan tomar en serio expresiones relacionadas con querer desaparecer, sentirse una carga o no encontrar una salida. Cambios extremos de ánimo, despedidas inusuales, aislamiento repentino o comportamientos que sugieran un posible riesgo de autolesión requieren atención y una valoración profesional.
Hablar directamente puede ayudar a detectar situaciones de riesgo
Otro de los aspectos señalados por las especialistas es la importancia de hablar de manera directa sobre los pensamientos relacionados con el suicidio. Preguntar a una persona si ha pensado en hacerse daño no provoca por sí mismo este tipo de pensamientos y puede permitir identificar situaciones de sufrimiento que permanecían ocultas.
Ante una revelación de este tipo, la recomendación es escuchar sin juzgar, agradecer la confianza y evitar respuestas que minimicen lo ocurrido, como decir que la persona está exagerando o que simplemente debe ser más fuerte.
Si existe un riesgo inmediato de autolesión, las especialistas recomiendan no dejar sola a la persona y buscar ayuda profesional o acudir a los servicios de emergencia correspondientes.
La prevención del ciberacoso tampoco debería recaer únicamente sobre la víctima o su familia. Los centros educativos pueden establecer canales confidenciales para reportar agresiones, mecanismos de protección, procedimientos para conservar evidencias digitales y protocolos de coordinación con las familias y profesionales especializados.
Los compañeros también tienen un papel relevante. No compartir contenidos humillantes, no participar en las agresiones, evitar responsabilizar a la víctima y comunicar oportunamente lo que está ocurriendo pueden contribuir a impedir que una situación de acoso se amplifique.
El desafío, según las especialistas, consiste en reconocer que el acoso puede continuar más allá de las instalaciones escolares y que la respuesta de adultos, instituciones y compañeros resulta fundamental para evitar que la víctima enfrente la situación en soledad.

