En Medellín, el periódico El Colombiano pretende vender como una gran “primicia” lo que, en realidad, no es más que el ejercicio de un derecho fundamental: la intención de un grupo de trabajadores del sistema de medios públicos, heredero de Inravisión, de constituir un sindicato. Lo presenta con un tono de escándalo, como si organizarse para defender garantías laborales fuera un acto clandestino. No lo es. Lo verdaderamente preocupante sería que, en una democracia constitucional, se estigmatizara a quienes ejercen un derecho protegido por la Constitución, la ley y los tratados internacionales.
La libertad sindical no es una concesión del empleador ni un favor del gobierno de turno. Es un derecho humano reconocido por el artículo 39 de la Constitución Política y protegido por los Convenios 87 y 98 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificados por Colombia. La Corte Constitucional también ha sido clara: la libertad sindical comprende el derecho a crear organizaciones de trabajadores, afiliarse a ellas y ejercer su actividad sin presiones ni represalias.
Por eso resulta inquietante que un medio de comunicación pretenda convertir un derecho fundamental en un escándalo. Los trabajadores de RTVC, como los de cualquier empresa pública o privada, tienen derecho a reclamar estabilidad, condiciones dignas, respeto por su integridad y mecanismos de representación colectiva. Aspirar a garantías laborales no convierte a nadie en enemigo de la institucionalidad; por el contrario, fortalece el Estado Social de Derecho.
Las democracias más sólidas del mundo conviven con organizaciones sindicales fuertes porque entienden que el equilibrio entre el capital y el trabajo es una condición para una sociedad libre. Se puede discrepar de las posiciones de un sindicato, debatir sus propuestas o cuestionar sus estrategias. Lo que no es compatible con una democracia es presentar el simple hecho de sindicalizarse como si fuera una conducta sospechosa.
Porque cuando un trabajador decide organizarse para defender sus derechos, no está atentando contra la democracia. Está ejerciendo una de las libertades que, precisamente, distinguen a una democracia de un régimen donde el miedo pretende reemplazar a los derechos.
Editorial Nación Paisa


